Schadenfreude1 es la alegría más bella,
ya que proviene del corazón.
Frase popular alemana

En un monasterio que parece una pequeña ciudad, que a su vez puede volverse un complejo laberinto en medio de otra ciudad, Arequipa, una Ariadna que conoce ese laberinto en cada detalle ha ideado la trampa perfecta para el hombre que merece, bajo sus ojos y su corazón, todo el peso de su cruenta venganza.

Esa es la urdimbre que configura “Detrás de la calle Toledo”, quizá el cuento más conocido y nombrado de la narradora arequipeña Teresa Ruiz Rosas (1956), publicado por primera vez en los 2000 al hacerse con un reconocimiento internacional en París, Francia, el año anterior. La publicación de Caparazones de alabastro (Aletheya, 2026), la más reciente antología de cuentos de quien también es Premio Nacional de Literatura —por su novela Estación Delirio (2019)—, nos da la excusa perfecta para la relectura y el comentario del antedicho relato.

Laura Zárraga es una joven guía en una de las atracciones más insoslayables de la ciudad de Arequipa: el Monasterio de Santa Catalina de Siena, que aunque esté en el corazón de la urbe, ha tenido siempre un aire de aislamiento y aun incluso de hondo destiempo. Aprovechando su conocimiento adquirido por más de ocho años, su aplicación en el trabajo y el peso que tiene dicho lugar en su historia de amor reciente, decide hacerlo el escenario de su silencioso crimen. El cuento así es, desde el principio, una confesión de parte; podemos leerlo como un cuento criminal —ya he hablado de este término en mi reseña de Niños del pájaro azul— o de horror en primera persona, en la línea de lúcidos asesinos que protagonizan historias de Poe —“El barril del amontillado”, por ejemplo— y algunos relatos de Borges —como “Emma Zunz”—. En este caso, su motor es la justicia personal frente a un amante que la ha engañado y la distancia no solo a ella sino también a su bebé por nacer. Es una mujer en un ambiente exclusivo de mujeres, criada a su vez por mujeres —su madre primero, y, al morir esta de tisis, su madrina—, quien se rebela ante un rol de víctima y se vuelve jueza y verdugo del “donjuán” de turno.

Primera edición en libro independiente, trilingüe, de Detrás de la calle Toledo (2004)

De ese modo, el cuento no busca entramar una justificación complicada sobre el porqué del crimen —Steve Cordero, básicamente, responde a su arribismo social; es claramente un personaje inmoral—, ni plantear una sesuda estrategia de venganza —Laura se venga relativamente fácil, sin mayor peligro ni sacrificio—, sino rondar las turbulencias mentales de su protagonista, y además, mostrar la complicidad de un lugar que parece preciso para la consumación del crimen. El claustro de las religiosas, los “silencio” escritos en los arcos de los patios, el peso del sillar y la piedra de Huamanga, los lugares de penitencia…, en suma, el monasterio es “una crónica silenciosa de siglos”. Y la protagonista será su propio monasterio hasta el final de sus días, alejada de Arequipa, de su pasado e incluso de su lengua.

Esta self-made woman es una antihéroe tenaz; busca su progreso en un contexto hostil, sobrevive la orfandad, huye de una madrina malvada que quiere destinarla “al servicio doméstico”, y aprovecha la ciudad para salir adelante. Abandona su acento “serrano” sin reparos, aprende idiomas y no teme abandonar también Arequipa con miras al Viejo Mundo. El Monasterio de Santa Catalina es su herramienta para una conexión con culturas extranjeras, pero también la trampa donde conoce a Steve o Esteban, como prefiere llamarlo. Su pasado de sacrificios le llama al crimen, no quiere fallar más el consejo de su madre antes de morir: “No te dejes pisotear... defiéndete sobre todo de los hombres”. Su impulso, por tanto, se entiende que sea su hijo por nacer: “Desaparezco del mapa sin decirle a nadie que es para no volver y que somos casi dos que nos vamos lejísimos”. Hay un matiz social también: la otra mujer tiene la legalidad del vínculo, la estancia y propiedades en Lima, un negocio de supermercados, la atención de los mass media… Laura no planea conformarse con lo que la estructura social del país parece imponerle.

Tampoco se perfila como una psicópata sin escrúpulos: “Aquellas flores de jacarandá regadas por el suelo contribuían a agitar mi espíritu. Lo había hecho venir para matarlo pero yo no creo que nadie haya nacido asesino”. El relato se sustenta en los vaivenes de esa mente, desde el reparo que reaparece: cuando desea que no haya venido para no realizar el plan, o se seduce con el erotismo de su último encuentro corporal, o pide que un terremoto o un incendio los obligue a la huída; hasta la obstinación de actuar: “lo maté por principio, no para mi regocijo", “solo llevaba odio en el cuerpo. Lo sentía en las venas, bullir; en la crispación de las clavículas; en mis músculos tiesos”. La determinación se apoya en el único cómplice: el retrato al óleo de una madre que ha sido antigua autoridad del Monasterio. La noche del crimen le acompañaron su hieratismo, su rectitud moral, el recuerdo que le daba del trabajo del espíritu sobre los placeres de la carne y, no menos importante, su eterno silencio.

Monasterio de Santa Catalina, Arequipa

“Detrás de la calle Toledo” adapta el cuento criminal clásico al ambiente cargado y religioso del Monasterio de Santa Catalina en la Ciudad Blanca. Se explaya en una psicología entre retorcida y justiciera, mientras se basa en un crimen elemental sobre despecho y desamor; ello a partir de una prosa precisa, filuda y por momentos desasosegante. Se relee con fluidez, aceptación y un leve schadenfreude 25 años después de su primera publicación.

Año de publicación: 2026

Editorial: Aletheya

Páginas: 93

Esta reseña es parte del proyecto Mujeres que escriben: cartografía de escritoras regionales que construyen identidades desde la palabra, beneficiario de los Estímulos Económicos para el Libro y la Lectura 2025.

1  Sentimiento de alegría o satisfacción generado por el sufrimiento, infelicidad o humillación de otro.