Erick Garay

«La agitación me desbordaba y esto no sólo respondía al agotamiento. Temí que todo ese esfuerzo no fuera más que una alucinada pretensión de conjurar un pasado que no tenía remedio».

En Niños del pájaro azul (Alfaguara, 2024), Karina Pacheco (Cusco, 1969) aborda las historias de sus cuentos a partir de la búsqueda de sus protagonistas por entender o conocer parte de su pasado, un fragmento de su historia que ha quedado umbrío, y que no se rinde ante el soslayo ni el olvido ni el paso del tiempo. Es decir, en Niños…, la memoria revive constantemente aquellos hechos que marcaron a sus protagonistas, los incomoda e interpela, y hace que actúen en un presente que les da más —aunque a veces pocas más— posibilidades de encararlo con éxito, o por lo menos con una sombra de entrevista expiación.

Estamos frente a un conjunto de siete cuentos con una base en el género de la narrativa criminal, policial o detectivesca —aunque usamos más el segundo término, se prefiere el primero por ser más amplio—, a partir del abordaje de un misterio con los visos de una pesquisa de investigador. Solo que en estos casos, como he adelantado, resolver el misterio, más que apelar a un ejercicio intelectual, busca superar el trauma del pasado para generar un cambio en el sujeto en el presente —y, a nivel macro, en la sociedad en la que se inserta—. Ese esquema narrativo ha sido usado por Pacheco en varios de sus libros, más reciente y claramente en su última novela, El año del viento (Planeta, 2021). Si lo pensamos, es un esquema que permite abordar de manera emocional e individual problemáticas culturales que interesan particularmente a las ciencias sociales modernas —no por nada la autora es también antropóloga—, como por ejemplo el trauma de la posguerra (como ocurre en El año del viento), la trata de personas, los lastres del narcotráfico, el daño a la naturaleza y a sociedades que conviven mejor con ella, etc.—. 

Así, sus personajes vuelven no solo a partir de la memoria, sino a veces físicamente, o, y esto es igual de interesante, mediante la narración de sus historias, al lugar y el tiempo de los hechos conflictivos. Si el presente no puede redimir el trauma del pasado y tampoco puede llegar a conocerlo del todo, la narratividad se vuelve así un lugar donde hay cabida para la reparación parcial, o al menos para intentar o alentar el buscarla, no solo para uno mismo, sino también para aquel que está dispuesto a escuchar. Es una movilización igual de importante, aunque incluso igual de limitada, que el buscar físicamente las pistas de ese pasado. Ambas son movilizaciones de la memoria para conjurar el trauma. Y también para valorar desde la memoria las acciones de ciudadanos que desde su posición intentan hacer el bien o por lo menos resistir los embates del mal en un mundo injusto y avasallante. Un caso de lo primero es “Niños del pájaro azul”, donde un coronel de las Fuerzas Armadas recuerda a su compañero en la selva de un país que podría ser el Perú y su sacrificio por evitar la perpetuación de una serie de crímenes. «Brillante de verdad era su corazón, capaz de revertir el horror, de darle un giro medular a su duelo». De lo segundo, es ejemplo “Hermano zorro”, en el que una periodista indaga en la historia de un comerciante cusqueño acusado de subversivo y víctima de vejaciones de las fuerzas del orden en el tiempo del Conflicto Armado Interno. «Mi papá logró sobrevivir. Pero no sobrevivió del todo. Nunca se recuperó. (...) De nuevo, nada pude contestar. “¿Imagina?”, eso me preguntó. En mi cuaderno, sin darme cuenta, yo escribí “Culpa”».

Con un esquema narrativo recurrente en todos los cuentos, la versatilidad agradecible del libro se encuentra en la contextualización de sus historias: la Amazonía peruana en “Niños…” y en “Caimán Xuxian” —donde la prosa se permite dibujar un mundo particular, vívido, a veces ligeramente exótico—, la sierra rural y citadina en “Hermano zorro”, “Todo empieza”, “Las flores de Gwen” y “Trenzas de sirena”, y una Indonesia turística y moderna —con una prosa y elementos que recuerdan a la narrativa audiovisual de crímenes— en “Eclipse”.

Otro aspecto que comparten los cuentos es la perspectiva de la sociedad que se entrama en ellos. La mirada del narrador o narradora siempre es moderna, a veces citadina e incluso levemente cosmopolita. Tienen una sensibilidad inquieta y un afán de expiación que ya desarrollamos. Comprenden la imposibilidad de asir una verdad completa, pero creen en una inteligibilidad alcanzable de los procesos sociales en que indagan, y en una extrapolación ética de los mismos traducible en su recreación narrativa. A su vez, los relatos de Pacheco desarrollan miradas de sus mundos diegéticos que podríamos caracterizar de menos contemporáneas, como por ejemplo la manera en que moldea dinámicas de poder, con personajes directamente malvados y otros prácticamente inocentes, donde los poderosos siempre están corrompidos y buscan víctimas de esa maldad que poseen y perpetúan. Si la civilización moderna está corrompida, se puede entender que el bien venga —o esté obligado a venir— de fuera de ella: «Dos niños alados nos habían enseñado cómo tensar un arco y una flecha, cómo apuntar con precisión al corazón del mal». Solo que en estos textos la realidad es tan fuerte que apenas hay espacio o justificación para unos Peter Pan de fantasía o ensueño. El peso psicológico mayoritario en los narradores y en algunos otros personajes principales revelan un trasfondo arquetípico de dinámica social, que más que complejizar en individuos, parece agrupar estos en fuerzas de poder, maldad, inocencia y bondad. Los personajes protagonistas son seres alcanzados por esos embates sociales que parecen recordar fuerzas naturales.

Karina Pacheco , ©Adriana Peralta, Penguin difusión

Especificaciones en esas dinámicas enriquecen los relatos: el componente queer en la dinámica de poder entre el abusador y la abusada en “Caimán Xuxian”, el pasado vínculo amical entre el posible victimario y la víctima en “Eclipse”, el vínculo entre el sospechoso de crimen y la narradora —«Ahora me sentía incapaz de rozar siquiera el violín de Antenor, el abuelito que hasta entonces había idealizado»— en “Trenzas de sirena”. También, imágenes sugerentes y simbólicas, como por ejemplo la figura del zorro en “Hermano zorro”, o los recursos narrativos, como el doble narrador y el narrador poco confiable en “Caimán Xuxian”. Cuando Pacheco se aleja del género que estructura su relato, más bien este pierde peso, como con las inserciones de fantasía y de horror rayando el gore, sin un engranaje para sostenerlas, en “Niños del pájaro azul”. También, cuando imagina líneas argumentales en exceso sencillas —“Todo empieza”, “Eclipse”— o de sucesos reiterativos y poco diferenciados —“Niños…”—, o se satura en personajes cuyas funciones se repiten y confunden —también “Niños…”—.

Niños del pájaro azul, así, aquilata el oficio de Karina Pacheco en la narrativa corta, nos subraya y resalta sus entramados diegéticos, miradas de los mundos que construye y recursos estéticos más o menos logrados, nos sitúa en diversos espacios nacionales que la narrativa urbana reciente difícilmente grafica, y varía con potencia su reiteración con el enigma, el misterio y la expiación parcial de la inquietud de la memoria. Si Lluvia (2018) buscaba diversos caminos en el género del cuento, en Niños… Pacheco parece regocijarse en uno que descubre seguro, que muda poco pero con acierto y caro a su expresividad.

Año de publicación: 2024

Editorial: Alfaguara

Páginas: 188

Esta reseña es parte del proyecto Mujeres que escriben: cartografía de escritoras regionales que construyen identidades desde la palabra, beneficiario de los Estímulos Económicos para el Libro y la Lectura 2025.