Miguel H. Tapia Salas

En el mundo andino hay enfermedades y dolencias que no son del cuerpo sino del alma: el susto, la ojeada, el viento, entre otras heridas que se alojan en la memoria, que alteran los sueños y que encuentran en los saberes de nuestros pueblos una posibilidad de sanación. En Mama Hampi, 2022, Pilar Vilcapaza Masco convierte la poesía en una extensión de ese espacio de sanación. Intenta devolver al conocimiento de los pueblos quechua su condición de saber, de reconocer en la mujer que cura y en la madre que busca la sanación, una autoridad y un poder que la historia oficial y la cultura letrada han relegado demasiadas veces a los márgenes. 

Desde Azángaro, zona quechua de Puno ―aunque en constante contacto con el mundo aymara―, Vilcapaza construye un universo donde la enfermedad de una wawa convoca a las madres, los rezos, el fuego (Mama Ninca), la coca (el quintu), los cantos y las fuerzas del universo. En ese recorrido, la  sanadora aparece como una figura de conocimiento y mediación, una mujer que reconoce las señales del cuerpo, interpreta los sueños y dialoga con las potencias que habitan el universo andino. Su autoridad no procede de un título ni de una institución, sino de una sabiduría transmitida, aprendida y ejercida en relación con la comunidad. A Mama Hampi la conocen todos y todos guían a la desesperada madre que ya ha intentado la medicina occidental y todo tipo de remedios del cuerpo, hacia quien puede sanar el alma. 

El título del poemario contiene ya una declaración de principios. Mama Hampi nombra a la madre que cura, pero también convoca una genealogía femenina en la que el cuidado no es una tarea menor ni una disposición natural que deba darse por sentada. Es una práctica que exige experiencia, escucha y conocimiento. La protagonista de este universo no es una mujer abstracta. Es una presencia que se construye mediante acciones, palabras, objetos y vínculos. La sanación comienza con la angustia de quienes buscan ayuda y continúa en el encuentro con una mujer capaz de reconocer las señales de la enfermedad. En ese tránsito, el poemario recupera un mundo de saberes que no separa tajantemente lo físico de lo espiritual, el cuerpo de la memoria ni la vida cotidiana de las fuerzas sagradas. La enfermedad de la niña no compromete únicamente su organismo: amenaza también los vínculos y el porvenir que la comunidad deposita en ella. Por eso, curar significa algo más que aliviar un malestar físico. Significa impedir que la vida se interrumpa y restablecer una relación con el mundo del alma, del sentir, de la naturaleza.

«Mama Hampi es como el río / que recorre el tiempo fragmentado / de los seres humanos». Su saber es memoria en movimiento. No permanece encerrado en el pasado, sino que llega al presente para intervenir en él. La poesía de Vilcapaza encuentra en esta relación entre palabra y curación una de sus posibilidades más interesantes. El lenguaje no se limita a describir el ritual desde fuera: busca acompañar su desarrollo, restituir sus voces y hacer que el lector ingrese en su intimidad. Por eso, Mama Hampi se mueve entre la narración, la prosa poética y el verso, entre la evocación testimonial y la intensidad lírica. La escritura parece reconocer que una experiencia de esta naturaleza no puede ser contenida por una sola forma literaria. Necesita contar, invocar, nombrar y cantar. Su estructura híbrida no constituye una irregularidad que deba corregirse, sino una manera de responder a la complejidad del universo que representa.

También es decisiva la presencia del quechua en el tejido del poema. La lengua aparece, salta al poemario, y se va, para dar paso a palabras aymaras, quechuañol, el expresar cotidiano de los pueblos del sur, donde ambas lenguas arman una mezcolanza que permite expresar el sentir de los quechua urbanitas. En este libro, el quechua ―y en contadas ocasiones el aymara― no necesita pedir permiso para habitar la página, ni desligarse del castellano. Es una lengua viva.

Esta elección tiene, además, una dimensión política. Durante mucho tiempo, las lenguas indígenas fueron tratadas como obstáculos para el conocimiento o reducidas a objetos de estudio, mientras sus hablantes eran apartados de los espacios donde se definía qué podía considerarse literatura. Vilcapaza escribe desde una tradición que no acepta esa subordinación. Su propuesta no consiste en trasladar el habla de Azángaro a la poesía, lo que ya se ha hecho en prosa, desde el tayta Arguedas, pero que en la poesía se ha explorado poco, o se ha visibilizado poco, por la predominancia del canon oficialista.

Pilar Vilcapaza

En este punto, la figura de Mama Hampi adquiere una fuerza particular como representación de la mujer andina. No estamos ante una presencia femenina subordinada a la voz de otros, sino ante una mujer que concentra saber, poder, experiencia y capacidad de intervención. La sanadora ocupa el centro del relato porque su conocimiento resulta imprescindible para enfrentar la enfermedad. Su autoridad se sostiene en una práctica que exige que otros confíen en ella y que, al mismo tiempo, compromete su propia responsabilidad con la vida ajena. En ella confluyen la madre, la mujer mayor, la depositaria de una tradición y la mediadora entre dimensiones distintas de la existencia.

La importancia de esta representación va más allá de reivindicar a una mujer excepcional. Permite reconocer una historia colectiva de mujeres que han sostenido conocimientos fundamentales para la continuidad de sus comunidades, muchas veces sin recibir reconocimiento público. Sus prácticas han circulado en las casas, en las conversaciones familiares, en la transmisión de madres a hijas y de abuelas a nietas. Son saberes que no siempre quedaron registrados en los archivos, pero que sobrevivieron en la memoria y en el ejercicio cotidiano del cuidado. La poesía de Vilcapaza les concede una presencia literaria sin despojarlos de su complejidad ni reducirlos a una idealización romántica de lo ancestral.

Esto significa reconocer que la experiencia de enfermar y sanar también posee dimensiones afectivas, culturales y comunitarias que no pueden reducirse a una explicación exclusivamente biológica. La poesía no viene a reemplazar los hospitales. Vilcapaza escribe desde ese espacio donde el dolor reclama cuidado, donde la familia busca respuestas y donde la palabra acompaña el temor a la pérdida. La sanación poética no es una fórmula mágica ofrecida al lector: es la posibilidad de comprender que ninguna vida se sostiene completamente aislada de las otras.

Esa relación permite pensar también en la propia literatura. ¿Qué hace una poeta cuando recupera una voz que corre el riesgo de desaparecer de los espacios públicos? ¿Qué significa escribir sobre una mujer cuyo conocimiento ha circulado principalmente fuera de las instituciones que legitiman el saber? 

En una literatura peruana que todavía necesita ampliar sus mapas y revisar sus jerarquías, Mama Hampi reclama un lugar propio. Lo hace desde una voz femenina quechua-aymara, desde una escritura que entrelaza memoria oral y experimentación literaria, y desde la representación de una mujer que cura sin separar completamente el cuerpo, el espíritu y la comunidad. Su aporte no consiste únicamente en incorporar un personaje ancestral a la poesía contemporánea. Consiste en permitir que ese personaje reorganice la mirada desde la cual leemos el mundo.

Quizá la mayor virtud de este libro sea recordarnos que la memoria no permanece viva por el simple hecho de nombrarla como patrimonio. Necesita voces que la interpreten, comunidades que la practiquen y nuevas generaciones capaces de reconocer su valor sin convertirla en una pieza inmóvil del pasado. Mama Hampi es un libro que nos habla desde el presente. De nuestras prácticas, de nuestra vida de quechuas urbanizados.

Año de publicación: 2022

Páginas: 79

Editorial: Hijos de la Lluvia

Esta reseña es parte del proyecto Mujeres que escriben: cartografía de escritoras regionales que construyen identidades desde la palabra, beneficiario de los Estímulos Económicos para el Libro y la Lectura 2025.