Hay proyectiles que matan y otros que, contradictoriamente, buscan devolverle vida al mundo. El de Lily Flores no está hecho de pólvora ni de metal. Phawaq titi es un proyectil de palabras que no busca destruir, sino atravesar la injusticia para llegar al corazón y crear, como reclama la propia poeta “nuevos hombres con amor y corazón”. Publicado en 1985, este poemario bilingüe —quechua y castellano— nace de un amor que no puede permanecer indiferente, de un amor que se incomoda frente al hambre, la guerra, la desigualdad y el sufrimiento de los otros. Es una poesía que no contempla el mundo desde la distancia: se involucra, toma partido, se ensucia las manos con la realidad y se convierte en denuncia.

Lily Flores no esconde su intención. Sus versos son más que ejercicio estético, quieren enfrentarse al mundo que los rodea. “Mi canto no siempre es dulce / porque su eco, sabe amargo”, escribe la poeta, y en esos versos parece declarara su arte poética: cantar no significa necesariamente endulzar la realidad. Hay cantos que nacen precisamente de aquello que duele, de aquello que incomoda, de aquello que enfurece. La belleza, en Phawaq titi, no consiste en ocultar la herida, sino en encontrar una forma para hacerla visible.

Por eso el poemario es también un registro sensible de las inquietudes de su tiempo, desde su voz quechua-castellano resuenan Vietnam, Salvador Allende, la memoria de Túpac Amaru y Micaela Bastidas, figuras y acontecimientos que desbordan las fronteras del Perú para incorporarse a una sensibilidad latinoamericana marcada por la violencia, la resistencia y la esperanza urgentes en los años ochenta. Pero Lily Flores no se limita a enumerar los dolores de la historia: busca transformarlos desde su canto. Phawaq titi puede leerse como un poemario profundamente situado en su época y, al mismo tiempo, capaz de dialogar con el presente porque las heridas que nombra —el hambre, la guerra, la desigualdad— siguen resonando en medio de los recientes y no tan recientes conflictos sociales del sur andino.

Lily Flores hacia 1973

En ese tránsito entre historia y experiencia aparece una declaración que agarra fuerza en el quechua:

“Chaymi / kay ñak'ariykunantin muyunapi / turaykunaq makinwan, makiyta / hapinay achispa takiyta qallarini”. La voz poética no permanece al margen del sufrimiento. Toma la mano de sus hermanos y comienza a cantar. El gesto es pequeño, pero profundamente político, andino, la resistencia inicia con el vínculo; frente a la violencia, la solidaridad; frente al silencio, la voz. El canto nace del contacto con el dolor de los otros.

Lily Flores y Phawaq titi se adelantan así a su tiempo. Su importancia para la tradición literaria peruana no debería medirse únicamente por la condición pionera de la escritura quechua, que además reclama con derecho "La primera poeta quechua", sino por la manera en que el poemario abre una posibilidad distinta para la poesía quechua moderna y para la voz femenina dentro de ella. Durante demasiado tiempo, esta obra ha permanecido escondida, invisibilizada o leída desde los márgenes, quizá también por la doble condición históricamente excluida: ser poeta quechua y ser mujer. 

Su poesía aborda el sentir femenino desde una concepción andina particular. La mujer que aparece en sus versos no está reducida a una figura pasiva ni confinada a un lugar doméstico. Cuestiona, pero también complementa; protesta, pero también asume; siente el dolor de los otros y se compromete con ellos. Y cuando la voz poética exclama “¡Pero solo soy mujer!”, el verso no debe leerse como una rendición, sino como una ironía que termina por invertir la relación entre fragilidad y fuerza. Porque esa mujer que aparentemente no tiene poder quiere ser espada, bala, proyectil de cañón, soldado. Quiere enfrentarse al hambre, a la sed y al frío. Quiere acabar con aquello que degrada la vida para construir nuevos seres humanos con amor y corazón.

Una de las últimas publicaciones donde se sigue antologando la poesía de Lily Flores, La vocación del abrazo (2025)

Ahí está una de las grandes paradojas de Phawaq titi: la poeta quiere ser arma para dejar de vivir en un mundo gobernado por las armas. Su proyectil no busca otro cuerpo que destruir, sino una conciencia que transformar. Quiere atravesar la dureza de quienes producen la violencia y llegar hasta ese lugar donde todavía puede existir el amor. El proyectil de Lily Flores, por eso, no mata: interpela. No destruye: imagina otra humanidad.

Y quizá sea justamente esa tensión la que permite que Phawaq titi no quede atrapado en su condición de poesía de denuncia. Porque el valor del poemario no está solamente en haber sido precursor, en anticiparse a la poesía quechua moderna o en haber incorporado tempranamente una voz femenina que desafía los límites de su tiempo. En sus versos también hay belleza. Hay ritmo, imágenes, intensidad y una relación particular entre la palabra y el mundo. La denuncia no cancela la poesía; la alimenta. El dolor no elimina la belleza; la vuelve más urgente.

Lily Flores sabe que un canto puede ser amargo y, aun así, necesario. Sabe que la poesía puede levantar la voz sin dejar de ser poesía. Y allí reside la vigencia de Phawaq titi: en haber comprendido que, frente a determinadas injusticias, callar también puede ser una forma de complicidad. Su canto no siempre es dulce porque el mundo tampoco lo es. Pero precisamente por eso sigue cantando.

Casi cuatro décadas después de su publicación, aquel proyectil continúa en el aire. No porque haya perdido su objetivo, sino porque todavía no hemos dejado atrás aquello contra lo que fue lanzado. El hambre permanece, las guerras cambian de escenario, la desigualdad encuentra nuevas formas y las voces provenientes de las lenguas históricamente marginadas todavía deben disputar un lugar en el canon. Quizá por eso volver a Lily Flores no sea solamente recuperar a una poeta injustamente olvidada. Sea, también, reconocer que algunas palabras tardan décadas en encontrar el lugar que les corresponde.

Phawaq titi es un proyectil que salió de una mujer, de una poeta apurimeña, de una voz quechua, y que decidió no matar. Decidió cantar. Y en ese canto, amargo pero profundamente humano, imagina que todavía es posible construir otros hombres —y otras mujeres— con algo que la violencia parece empeñada en destruir: amor y corazón.

Año de publicación: 1985

Editorial: Ka̕ncharina 

Páginas: 79

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Proyectil

Si pudiera ser la bala 

que escapa del fusil 

que dispara el soldado: 

Iría en busca 

de los amantes de la guerra 

y traspasaría sin piedad 

su rocoso corazón. 

Después al río me lanzaría 

para que nunca más 

me vuelvan a disparar. 

¡Pero solo soy mujer!

Phawaq titi

Waya wisaq ñitisqan

 runa wañuchinaq toqasqan

 phawaq titi kayman chayqa.

 Khuyuylla auqanakuy  munaqtacha

mashkaq riyman

mana llakirikuspataq, haykuruyman

qaqa sonqonman.

Chaymantataq mayuman 

chanqayakamuyman, mañana hayk ´aq,

t´oqyachiwanankupaj. 

¡Hinanay paqtaq warmilla kani!

Esta reseña es parte del proyecto Mujeres que escriben: cartografía de escritoras regionales que construyen identidades desde la palabra, beneficiario de los Estímulos Económicos para el Libro y la Lectura 2025.