
Erick Garay
Cecilia Granadino (Huaral, 1943) ha desarrollado una carrera como investigadora y artista donde se aúnan su infatigable interés por el patrimonio cultural del país y su genuina inclinación por contar historias —el llamado storytelling—. En su arista de escritora, ha gestado una obra sostenida por la difusión de la literatura originaria —Las ranas embajadoras de la lluvia, 101 cuentos de nuestros abuelos africanos…—, la literatura infantil —la serie Sapito cancionero, El cuento del pero…—, y la narrativa para adultos —Con harta vergüenza y Un hombre sentado en la banca de mis ilusiones—. Es aquí donde se inserta su última publicación en el Perú —sacó un libro recopilatorio en Nueva York el 2020—: Para que Carmela me ame (Hipocampo, 2019).
El repaso sobre estos diversos abordajes literarios no es gratuito, ya que se reconoce en el libro que comentamos la vinculación de todos ellos; es decir, Para que Carmela me ame es un libro autoral que mantiene vínculo con las labores de su creadora con la literatura originaria y la literatura infantil —así como con su arista de cuentacuentos—, desde las temáticas hasta los abordajes estilísticos realizados. Continúa de este modo una poética ya desarrollada en Un hombre sentado en la banca de mis ilusiones: mostrar un abanico de historias aunadas en lo arriba comentado, desarrollados en distintos escenarios del país y a veces del extranjero, y esta vez con una voz con mayor madurez narrativa.
El libro contiene 27 narraciones, repartidas en tres secciones: (1) “Cuentos de puro amor”, (2) “Porque así es la vida” y (3) “Historias como jugando”. La primera sección contiene cuentos ambientados principal aunque no únicamente en zonas rurales del Perú, con registros entre bucólicos y románticos, aunque algunos con elementos más realistas —“La flaca que no quería tener bebés” se ambienta en la zona urbana del Rímac— o incluso paródicos —“La señorita Bolero” parece la imitación caricaturesca, aunque no menos tierna, de otros personajes de Granadino—. Existe un elemento romántico en el conjunto, con personas que se enamoran fuera de normativas sociales o se entercan en actitudes e impulsos de aire romanticista. El Ande que aparece suele albergar poblados cuya alegría pero también tradicionalismo se rigen por un sentido de utilidad práctico —ser productivo es ser feliz—, que choca, a veces más duramente que otras, con la individualidad de sus habitantes; es además, un Ande en diálogo con culturas foráneas, que puede generar un asombro alegre en visitantes dispuestos a vivir bajo sus lógicas —el mejor ejemplo de ello es “Negra del alma”, con una turista europea que observa y respeta esas lógicas ajenas a su cultura, pero también es claro en el extranjero asiático que vive en un poblado de Ica en “Para que Carmela me ame”—.
La segunda sección agrupa cuentos que transcurren en ambientes citadinos, protagonizados mayormente por personas marginalizadas —gente sin hogar, alcohólicos— o de sectores populares con riesgos o pasados de precariedad, informalidad y subempleo. Viven situaciones apremiantes justamente por su posición social en un contexto hostil e injusto —a menudo ese contexto es explícitamente Lima—. Aunque algunas veces los personajes se han acoplado a la dinámica gris de la ciudad, se refugian en la añoranza del terruño de la infancia como contrapunto, o depositan sus arriesgadas esperanzas en que en el futuro las cosas irán mejor. Destaca cómo los personajes femeninos tienen mayor agencia —capacidad de un personaje para decidir y actuar—, modificando con mayor determinación el rumbo de sus vidas.

El tercer conjunto se abre a exploraciones no miméticas, con cuentos donde hay componentes fantasiosos o fantásticos. Los abordajes son diversos: en algunos cuentos el hecho insólito es rápidamente aceptado, recordando las narraciones de fantasía con cierto componente infantil, en otros, la marcada presencia de la urbe parece generar relatos de un realismo mágico urbano —donde el realismo mágico tradicional, en vez de ocurrir en zonas rurales, se ha trasladado a un barrio citadino emergente—, como en “Un viejo y su dragón”. En otros cuantos, lo fantástico surge de un recurso sorpresa, cuando la narración lo oculta enmarcándose aparentemente en el registro realista para revelar al final el truco. Estos últimos resultan más cercanos a un público infantil, y recuerdan a algunos poemas de Eguren.
Más allá de esta clasificación, existe en el conjunto una serie de leitmotiv, a partir, básicamente, de un tono característico y temas recurrentes. Se halla una predilección por personajes que no acallan sus emociones y sentires, aunque estos los pongan a contracorriente de un statu quo social que los frena o juzga. Mientras más precaria es la situación en que viven, se intensifican su esperanza y espíritu solidario, donde con la ayuda de los pares se podrá salir adelante. Cuando la emoción le gana a la razón, y los personajes sufren por su aflicciones amorosas o de otra índole, muchas veces encuentran refugio en lo sublime del arte —como la nombrada Señorita Bolero o la protagonista de “Su único poema”—. A su vez, a pesar de que en las dos primeras secciones no hay hechos fantasiosos, no deja de ser un elemento clave en la literatura de Granadino el llamado märchenhaft, es decir, ese tono de cuento de hadas que más que temático, implica el abordaje de la situación a narrar —cierto bucolismo, la no detención en descripciones de lugar o tiempo, la psicología uniforme de sus personajes, el privilegio y simplificación de la acción y el subtexto edificante—. Como he dicho líneas arriba, esto está en claro vínculo con su interés en la literatura oral originaria y los cuentos para niños. Claro que no dejan de tratarse de cuentos modernos —inevitablemente modernos, aunque se escondan en abordajes esforzadamente clásicos—, con una voz autoral identificable, prosa estilizada y elementos continentes de simbolismo —acaso el mayor ejemplo de esto es el destacable cuento inicial “Para que Carmela me ame”—. Su apuesta tan vital por propuestas estéticas que podrían parecer lejanas para lectores modernos, la vinculan con una narratividad detrás de innovaciones contemporáneas —de los avances del tiempo—, con el arte de escuchar una historia alrededor del fuego o en las faldas de una madre antes de aventurarse a la lectura individual. Frente a casi una treintena de cuentos, es inevitable observar la diversa repartición de riesgo —tanto estilístico como temático (¿cuáles son los límites sociales que las protagonistas no rompen?)— y estética en ellos, y especular sobre las posibilidades expresivas de algunos a partir del distanciamiento de la tan notoria poética de su autora.
A modo de cierre, Para que Carmela me ame es un libro que explora los sentires de un Perú contemporáneo, le da particular voz a mujeres rebeldes dispuestas a romper algunos moldes sociales, juega desde una imaginación abierta a la fantasía y reclama desde el subtexto el cultivo de la empatía, el respeto, la belleza del arte y la libertad.

Año de publicación: 2019
Editorial: Hipocampo
Páginas: 225
Esta reseña es parte del proyecto Mujeres que escriben: cartografía de escritoras regionales que construyen identidades desde la palabra, beneficiario de los Estímulos Económicos para el Libro y la Lectura 2025.
