Por Miguel H.

Todo hombre caga

Hay tanto sentimental

masturbándose con estrellas temblorosas

o caléndulas

o con bosques de cipreses

y navidades nevadas

que por ratos

uno (o sea, yo) quiere sólo escribir de la mierda,

la mierda esa que compartimos todos

y que es tan poética,

como una flor

o los lejanos astros

o las amantes

que quieren hacernos creer

que tienen bajo la cama.

Mierda:

Leve rumiar intestinal

procedido

por el democrático estremecer

del más terrenal alivio.

El estruendo metálico

de las trompetas

nos recuerda que fuimos niños

y que alguna vez

temimos levantarnos en medio de la noche.

Mas cuando el momento llega

una tímida luz acaricia las motas de polvo de la ventana

y podemos, por un nauseabundo respiro,

sentarnos a contar las motas de polvo

Hasta que tengamos que subirnos los pantalones.

Mierda:

ya está.

No me he lavado la boca.

Interminable escozor del cuero cabelludo

En cierta calle con olor a fermento

hay un taburete de tres patas

donde una mujer

le quita los piojos

a una niña incierta.

La calle es amarilla.

Naranja.

Es día tardío:

La mancha de un borracho

que se moja la bragueta.

Es silencio

del útero materno.

Calor.

Un bostezo.

El estrepitoso estallido de un bicho,

seguido de carcajadas

y el fresco alivio

de un inevitable abrazo.

Sobre el autor

Miguel H., Profesor de un pequeño colegio de los andes apurimeños. Sin obras publicadas. Sin premios ni trofeos. Un desconocido.