Lu Mahatma Ramos

Luego de actualizar por décima vez la página de la ONPE, dejé que la realidad se imponga. Al rato, mientras veía mi decepción multiplicada por mil por usuarios desconocidos en X, encontré liberado el texto “Un día antes de la revolución” (The day before revolution, 1974) de Ursula K. Le Guin, sin ninguna relación aparente con las elecciones. A medida que leía el cuento era escéptico si acaso un texto así, sobre el inicio de un mundo ideal, serviría en aquella situación. Caí en cuenta que su extraño tono desalentador compartía mucho con el contexto que vivimos, con desaliento frente a un inminente gobierno hambriento de venganza. Algo se debe hacer. Pues sobre todo en la espera y el tiempo antes que las cosas se vuelquen, tenemos que hacernos cargo de nuestros fantasmas y los pasados abominables.

Con muchos, resuena en mi cabeza que los resultados de las elecciones parecen ser irremediables y marcan la victoria de un partido que había dejado claro que, para ellos, este país era solo una fosa común. Lejos de un escenario así de fatal, el texto de Le Guin, creadora de mundos anarquistas y universos de bosque, nos relata las vísperas antes que la revolución se concrete. Como contrapeso áspero a la frase de la que muy pocos pueden llenarse la boca: “El día después de la revolución”. Aquí los espectros de estas grandes luchas cobran vidas esquivas. La revolución inminente aparece sin trémulo, sin gloria. Nos empuja a pensar, cómo es que todos los viejos ojos vieron el estallido antes de que ocurra y la victoria nuble todo.

Lejos de una realización es el “desencanto” como podemos describir el sentimiento emanante de la anciana Laida Odo, líder de la resistencia en Omelas y que luego se convertiría en el mito de un mundo ácrata. Desencanto de sus propias fuerzas para guiar a nuevos jóvenes, desencanto de que todo lo escrito y todas las protestas sirvan de algo, distancia de lo que el propio cuerpo viejo pueda estar a la altura. Es el relato tras la mente de una anciana que se detiene a ver la vida pasar y la revolución augurar. Si incluso un día antes que el mundo se vuelva otro, está permitido declinar de nuestros principios y ser escéptico de lo que vendrá, puede ser igualmente útil y necesario de incorporar como práctica en las luchas cotidianas que se pierden. El desencanto puede ser un arma política. No es un consuelo, me reprocho mientras continúo viendo todas las proyecciones estadísticas que apuntan a Keiko como ganadora.

En la búsqueda de algún futuro posible al borde de un segundo fujimorismo, nos preguntamos con pena si será que todo puede ser nombrable, incluso la derrota. Parece que la palabra no puede saltar realmente del filo de nuestros dientes. Lo más difícil es visualizarnos en un futuro que no se pensó para nosotros. Uno que parece que no calza con nuestros sueños, un país de persecución, autoritarismo y lamento. Como en el texto de Ursula, se trata de un futuro que es para los que vienen después y que estarán despiertos. Pero en contraste con el cuento, esta vez se trata de un escenario indeseable. Caemos en cuenta de que la situación es mucho más crítica aún, si consideramos el desarraigo profundo que las dirigencias y cómo los grandes nombres políticos han abandonado por completo asuntos comunes del país. No hay líderes, no hay escuelas, no hay pensamiento que nos rodee por ahora, le respondería a Ursula, no es posible la llamada contraorganización. Pero si estamos al filo, ¿por qué cuesta tanto aceptar el desencanto y exactamente a qué le debemos hacer frente?  

No es sencillo, pero tiene que ver con el gobierno que viene y el cansancio acumulado que nos acompañó hasta ahora. La crudeza del desmantelamiento de un país que ya había dejado abandonado el bienestar de sus ciudadanos está empezando en distintos frentes. Lo hace desde el amedrentamiento de artistas, persecución a jueces disidentes, explotación de trabajadores agroexportadores, censura de líderes políticos y una disposición tremenda a los pactos de impunidad contra violadores de DD.HH. Qué más podemos hacer sino organizarnos y trabajar. Apostar por la resiliencia y resistir, dicen muchos. Organizarnos y autogestionarnos, apuestan otros. Por supuesto, pero es necesario romper y apuntar contra el poder. Desencantarnos no es un llamado vacío, es señalar los límites de la política que nos dejó el último proceso electoral y que es síntoma de largos años de desprecio político.

Desencantarnos puede pronto volverse un atributo estratégico de lo que planteamos para estos años venideros y cómo podemos organizarnos. Por eso un segundo momento de este proceso se puede llamar: el desertar. Como lo ha nombrado el filósofo Franco “Bifo” Berardi, pero que puede dialogar con la lógica con la que nuestros pueblos indígenas y originarios han puesto en diálogo durante siglos los poderes jerárquicos y el destierro de la vida. El sentido original de desertar se atribuye a retirarse del capitalismo y la mercantilización de la vida, pues es la primera concreción que ha limitado el crecimiento autónomo de nuestros territorios y posibilidades políticas. Las recientes elecciones en nuestro país han sido delineadas por partidos políticos con aportantes millonarios y nuestra democracia ha sido por mucho financiada por los que pujaban más en esta y otras elecciones. Las mafias mineras, forestales y corruptas en el Congreso dieron el cuerpo final al que sería un descompuesto grupo de casi cuarenta candidatos. El resultado final fueron dos nuevas cámaras de representantes con las reglas dadas para que el poder no tuviera balance y tenga pleno control de sus intereses. Nuevamente, el tablero de la representación política fue inclinado solo hacía un lado.

El desencanto no es una idea nueva, hace tiempo que las comunidades, los barrios populares y los pueblos rurales saben que votar sirve de poco. Que los que estamos convencidos de que la democracia funciona somos pocos, somos los verdaderos “embrujados” y de ahí podemos sacar lecciones importantes. Nos enseñan que en el mundo real, una elección sirve de poco. Desertar por otro lado, ha tenido pocos momentos claros de gestación, pues consiste en reinventar y dejar ciertas cosas atrás en rachas desfavorables, saber que hay derechos que se disputan y otras luchas que requieren organización interna. Si muchas de las organizaciones progresistas que apoyamos se han cultivado en las grietas y en los límites de la extinción, también han contribuido con una respuesta contra el poder. 

Hay que poner pues de nuevo en práctica el abandono, el olvido del Estado. Que las derrotas de las elecciones se vuelvan un mal sueño del que nadie realmente depende, pero que ha producido un escenario contra el que nos costará disputar, luchar y crear. Que los resultados nos recuerden que perdimos todos, desde hacía años, pero que también sea un recordatorio para saber que el poder siempre estuvo ahí.

En las páginas finales de la fabulación de Ursula K. Le Guin, una anciana Odo recuerda que nunca hubo un buen clima para cambiar el mundo, pues su revolución se hizo de barro. De lo que había y con los que había. Muy lejos del país imaginario de Omelas, ya hace más de cien años, en Puno, lugar donde ahora se planean eliminar nuevamente miles de actas pues son consideradas peligrosas, hubo un levantamiento. Este buscaba la educación, para ser reconocidos cívicamente. Pero el movimiento de Huancho Lima, liderado por Carlos Condorena, Mariano Luque, Rita Puma, entre otros líderes indígenas, era sabio. Pues conocía que lo que cede el Estado, los gamonales y el poder local, es sospechoso. Por esto iniciaron una labor subterránea por ese derecho cívico, de leer la realidad y contar (en) la historia. Construyeron desde el barro las escuelas clandestinas, con estudiantes ilegales y maestros proscritos. Es una suerte de estrategia, de escape estratégico de todos esos embrujos estatales, oficiales, que parece que hoy no podemos cuestionar.

Las elecciones movilizaron la rabia, encauzaron la injusticia y probaron la intensidad del luto por el que un país atravesó. Nadie duda de eso. Suena tan reivindicativo como peligroso que la política pueda ser leída así, que pueda ser contada en votos. Los líderes de Huancho Lima no se equivocaron, los azotó una masacre que dejó más de mil peruanos asesinados en su propia tierra. Después de haber logrado atravesar el limbo de la ciudadanía, los derechos fueron cedidos. Sólo tras haber puesto en duda la oficialidad, se produjo un escape estratégico a sus propios recursos, un desertar fugitivo para disputar un derecho. Decenas de años después, las nietas de Rita Puma la recuerdan con pasión, quizá no como a la mítica Laia Odo de la que hablamos, pero sí como un recuerdo de que la tierra tuvo sus propias luchas y memorias. 

Si es tiempo del desencanto, que este sea movilizado hacia las instituciones y las formas que siempre encauzaron la organización. Para desertar del llamado derecho a ser contado y nada más. 

Este texto fue escrito contra las elecciones y el inmovilizador derecho al voto. Esquivando la mención directa a los conocidos argumentos anarquistas contra el voto, pues nuestra realidad ha lidiado con la estatalidad de distintas maneras. Vienen siendo ya casi dos semanas de rabia por una política que es controlada por quienes no les cuesta nada aplastar y vulnerar derechos. Sobre todo fue escrito para compartir el desencanto y pensar desertar con los menos pensados. Con quienes votan la derecha, por quienes aún creen en el sueño de hacerse a uno mismo, con quienes olvidan y son indolentes. Pues perdimos todos y tenemos que levantarnos todos.

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