Así hay una niña bruja, engendro del demonio

que goza de fama tantísima que rebasa

los límites de su comarca.

Fragmento de uno de los epígrafes de Layqa.

Extirpador de idolatrías (M. Siles)

Leer Layqa: nativa de la oscuridad (Lliu Yawar, 2021) ha sido uno de los viajes poéticos más interesantes que he hecho en los últimos años. Es una opera prima de gran valor y fiera belleza, que despunta entre las primeras publicaciones poéticas de lo que va de la década en el país. Karuraqmi Puririnay, su autora, se descubre así como una valiosa voz de nuestras letras, y su Layqa, una puerta de entrada a un mundo dichoso, sombrío y de honda tensión emocional y vital.

Layqa es una palabra quechua que me remite, luego de la pérdida de la traducción, a conceptos como bruja, hechicera, mujer que accede a la magia para albergar un conocimiento umbrío y potente. En la búsqueda vehemente y violenta de un yo, la voz poética se reconoce en un punto en esa layqa, se reafirma en la seña y el juicio que le imponen: “reconocí mi reflejo negro / en una gota de lluvia”, acepta ese poder que los otros tachan de maligno o indolente y lo resignifica: “me acusan de terrorismo (…) / por santificar la parte oscura e inverosímil de mi ser, (…) / por fermentar en alcohol el rostro del poema”. “Por todo eso / soy culpable”.

El libro agrupa los poemas en cuatro secciones, a partir de líneas temáticas y de tono comunes. La primera parte, “Minúsculo dios”, es la más angustiosa: el yo poético se interroga constantemente por la materia ambigua de la que está hecho. Expresa su dolor y confusión en un mundo donde la violencia está en cada movimiento, lo rodean ausencias devoradoras e insoslayables y reconoce su finitud ante un mundo de extensiones —espacio, tiempo— que casi lo niegan. Una de sus seguridades es su conexión con la poesía, como una forma de estar en el mundo, como una manifestación vital y por eso dolorosa, aunque con sus dichas y poderes, con su caudal de sangre y pálpito. “Estos poemas son de barro, / sal y moho; (…) / ese gesto visceral que flota en el debilitado mar de mi cuerpo (…) / en cada verso se extingue una parte de mí, / apenas soy un murmullo que golpea”. La poesía —la vida— crea y anima en su medida: “Aquí el poema (…) / ha venido a ser / daga ciega que ha de romper el papel, / el sosiego y la verdad. (…) / un arrebato herido que busca fuga, / un río, / un cernícalo púrpura, / un Dios minúsculo que usa mis manos y mi boca”.

La segunda parte, “Nativa de la oscuridad”, continúa la búsqueda del yo en un mundo fragmentado que lo refleja. El yo es un laberinto proteico de fuerzas, animales, vínculos con seres vivos y naturaleza. Se intenta aferrar lo propio ante una tormenta que parece llevarlo/a a uno o una por un caos cambiante y hosco. “Un lobo feroz gruñe en mi arteria, / sostengo sus múltiples extremidades, / su piel de selva, / el universo de sus ojos, / después me pierdo en el mapa de su sangre / buscando mi manada. / Tardo otra vez en reconocerme, / balo como carnero moribundo, maúllo como gata en celo, / me disperso al cielo / como si fuera un ave de nube / o de humo”. La búsqueda abandona paulatinamente la angustia de la primera parte para ganar agencia; se reconoce en una anciana de “alegría enfurecida” y sapiencia, en la layqa que acepta las maldades que le imputan, en un árbol antiguo con gestos de mesías. Se celebra la alteridad de la curandera que el pueblo señala, a la mujer andina a la que le “salen ríos por los ojos en invierno” y cuyas manos “son dos niñas alfareras jugando con la tierra”. El yo fragmentado deja el miedo y abraza la diversidad de un mundo que es suyo o que lo es al menos en el deseo, como antídoto suficiente para conjurar “ser —también— un río contaminado de desidia, (...) / un borde de sudor y luto (...) / este saco de piel / que parece mujer / con manos de pastora”. Acepta curarse con las magias ancestrales de una mujer y de vínculos tradicionales con la tierra.

“Kuyakuy”, la tercera parte —que podría traducirse como “amor” o “amarse”—, resalta sus colores bajo un sol límpido y vital. Si una es nativa de la oscuridad, no por eso ha dejado de aceptar la crianza de la luz. Se celebra el ande, la juventud de sus habitantes, su afecto, su erotismo. Hay dolor, pero ya no solo del yo confundido en sus interrogantes ontológicas, sino uno que nace desde ese cariño por los otros que se van o alejan: la familia, la tierra misma dejada en el tránsito de la mudanza. Nos entristece el olvido de un anciano, cuyas “aves que anidan en el pecho (...) / salieron a volar esta mañana”. Es como un dolor de melancolía, de un paraíso perdido grácil e ingenuo. También se abraza el quechua como lengua que nombra ese mundo —como marca de un weltanschauung—, que vincula con los antepasados y la herencia que nos dejan y moldeamos. “‘Maypim purinki?, / ¿dónde andarás?’. / Me pregunto, / si allá en el cielo / también purificas tu cuerpo en la laguna (...) / si te susurras cuentos con la mamá coca (...) / si sigues durmiendo sobre los truenos, / si te ocultas tras la niña que no sabe hablar”. Así como se observa la ascendencia, se piensa también en una descendencia que recibe gratamente ese todo que nos enmarca: “Vienen los gorriones de todos lados / a besar mis manos que curan la fiebre, / observan el brote erecto de mi alma / de avena y calostro. (...) / Vienen a olerme la leche materna / que ha de terminar de formar sus ojos de trigo, / sus dedos aún pequeños que tocarán el extremo del mar”.

“Tentación de existir” cierra el poemario con una mirada igual de solidaria que la de la tercera parte, solo que aquí con personas golpeadas por la vida y por una estructura que margina y hurta; la mirada se posa en aquellos que aún pueden anunciar por ellos mismos: “somos / un pedazo de carne / desheredado de vida”. También hay algunos reclamos a falsos arrepentidos, padres ausentes, dioses mudos e innecesarios para un credo particular —“creo en la religión sin Dios”—, y, sobre todo, a ese mundo que rechaza y pierde a algunos de sus integrantes. La mirada los recuerda, los alumbra.

Layqa cumple cinco años, su autora recorre nuevos rumbos en sus pesquisas poéticas. Su universo se expande. Ese primer libro que entregó de las sombras y que mira un cielo andino y dichoso expone una poderosa voz. Las tensiones de Layqa aún batallan en una danza de fuego oscuro y cegador. Nuevas miradas, estoy seguro, se perderán dichosas en él.

Layqa: nativa de la oscuridad, de Karuraqmi Puririnay. Lliu Yawar, 2021.

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