Texto leído en la presentación de Casa de muñecas, en mayo de 2026.

En Casa de muñecas, de Giovanna Torres, la poesía es la voz que se reconoce en el simulacro, y goza —en la carne— de ser uno. Como en el poema “Flores secas”, en el pórtico de la Casa, la poesía es un pacto con una misma de honestidad y de desprendimiento: “No tengo nada que esconder”, se nos dice. En ella, en la poesía, se dejan “sonrisas”, “silencios”, “hasta los escombros” que, sin rencor, sin arrepentimiento, ocupan en esta casa “un lugar adecuado”.

La voz poética nos revela su interior; nos cuenta su historia como quien nos enseña los habitáculos de una vivienda. Así, por ejemplo, nos narra el principio en “Cuerda”: “mi abuela me trajo al mundo / en sus eruditas manos”. Nos cuenta también cómo ella curó su llanto inicial : “recordó el mejor remedio: / cosió suavemente / las comisuras de mis labios”. Aquí hay una enseñanza, un aprendizaje casi inconsciente ante el dolor de un mundo “con pulgas en el corazón / y perros en el callejón” —como se lee en “Pulgas en el corazón”—. Es un aprendizaje, como el mismo poema “Cuerda” señala, “de aguja e hilo”. “Hoy cortando pepinos / comprendí, cuchillo en mano, / que todo era asunto de control. / Abuela: / ¿Cuántas puntadas necesito / para recuperarlo?”. En el poema “Pulgas en el corazón”, la voz poética recuerda esa interacción primera con un otro, en este caso la abuela, y nos confía que así ella, en el acto de coserle las comisuras de los labios, “me dio un rostro”. Los actos, por ello, de una vida cotidiana, la interacción con los otros, los descubrimientos del día a día, le van a dar a la protagonista sus propios gestos, sus ansias, sus miedos, sus solaces, pero también, la medición propia de las cosas, y con ello una conciencia de la forma (“con la dosis exacta”, escribe en “Pulgas en el corazón”, “perdí el miedo” —la medición—, y en “Disfraz”: “Pretendo ser otra (…) / para (…) darle forma / a este nuevo yo deforme, / un collage / una muñeca de trapo, / una cometa hecha de bolsas rotas” —la forma—). El yo, entonces, se reconoce ser material y filtra el mundo desde esa materialidad, desde ese cuerpo creado y conjurado por sus pálpitos. Pero esa corporeidad tiene algo, o mucho, mejor dicho, de simulacro. El mundo no la construyó de golpe, sino que la fue haciendo y se fue haciendo a sí misma, aprendiendo y relativizando incluso las cosas más sencillas y básicas. Confiesa en “Pecera”: “no puedo respirar / el aire se vuelve tóxico”. Y sueña. Sueña que no salió nunca del vientre de la madre, sueña que es un pez “al ritmo de la corriente”, para descubrir versos después, que tampoco en el sueño puede respirar como pez, que flota en realidad boca arriba detrás del cristal de una pecera. “Ni en mi sueño de pez que sueña, / puedo respirar”. En “Luz roja”, de igual modo, ya no es un pez sino “un bicho / arrastrándose en la acera / en plena tarde, / se hace difícil —escribe— / sin tener a qué aferrarse. / Mi paso es firme a veces / cuando no soy / la pequeña niña / que cae / aprendiendo a caminar perfecto”. Aprendiendo a caminar perfecto. Otra vez esas cosas sencillas que no recordamos cómo aprendimos pero que también terminan formándonos. La perfección puede ser la guía, pero no es el fin. En “Rosario”, la madre, que está preparando el arroz, que “volteaba / y casi me sonreía / y el guiso casi se quemaba”, le dice a la voz poética: “huele, huele, ese es el punto, / en ese casi está la perfección”. La protagonista de Casa de muñecas se regocija en ese casi, en esa distancia que la deja ser sin el peso de las formas perfectas y obtusas. Escribe “no creo en Dios / mis razones tengo”. Es, sin el peso del yo certero. Escribe: “soy otra / que solo vino a ver el jardín / y no pudo marcharse. / Miro los puentes con deseo / y miro al cielo”. Y concluye esos versos con “Estoy sola / en el autoexilio de mi carne. / Soy un trozo de plástico / que arde, / hay un incendio dentro de mí / y no sé apagarme”. Vivir, en Casa de muñecas, es aprender no a apagar, pero sí a menguar ese incendio, y a gozar el tenerlo en control. En “Hormiga” leemos: “soy una hormiga, / duermo, como, / en mi cabeza / cargo cosas. / Caso siempre sé hacia dónde”, pero luego confiesa “a veces / en medio de la huida / pierdo el rastro (…) / no respiro (…) / simulo mi muerte”. Así, ante lo falible de la vida, cuando nos falla el cálculo, simulamos. Simulemos. Hasta la muerte es un juego, una representación, una máscara. “A veces pienso que no vivo —se dice en “Libidinar”— / juego / me entretengo para no darme cuenta. / Como un niño al tomar la sopa / soy el avión (…) / Lo que importa es el vuelo / el despegue / lento (…) / atravesar de a pocos / lo blanco / lo azul / lo negro / anhelar el impacto”. Entonces, la experiencia misma tiene sentido a partir de lo que nos impulsa, aunque eso mismo puede que ocurra o no. “Anhelar el impacto / disfrutar / quedarme arriba / olvidar el peso de mi cuerpo. (…) Entre cenizas y escombros / termina el juego”. Un yo que desea ser más que lo que descubre que es. Una muñeca que desea ser más que una muñeca. Y en ese deseo, va andando en su biografía.

En “Mayday: humor” ya no es solo el yo lo que está relativizado, simulado, sino aquello que lo contiene, sobre lo que anda. “No soy yo, Tierra: eres tú que tiemblas”. “eres blanda, / hoy / puedo brincar / bailar / caer / (…) tocarla / revolcarme en ella”.

El otro, el ser amado o deseado, también se relativiza. Justamente, esos poemas que reflexionan sobre el afecto y el erotismo con el otro, se aúnan en la sección “Plástico”. El otro también es un simulacro, o mejor dicho, el encuentro con el otro, el sentimiento honesto surgido de esa interacción, tiene algo de contradictorio y de falaz —plástico—, y eso también se aprende a quererse. Es en la poesía en la que la voz puede expresar esa sensación, esas ideas. “Quería escribir un poema blanco / como leche pura de vaca. / Que, líquido, tomara la forma / de esta distancia en el mapa (…) / Escribir un poema que encante / (…) que abrace en cada verso / en cada letra, en cada palabra. (…) / Escribirte sin pensarlo, / dejarme deslizar por mis manos”. La poesía, como en Blanca Varela, es una extensión del cuerpo. “Como al escribir / deslizo palabras / sobre tu piel. / El ritmo escurre / por mis dedos, / dibujo en cada / movimiento, / con precisión médica / las exclamaciones de tu cuerpo”. En “Deseo”, este mismo, el deseo, desordena hasta el propio lenguaje: “¿Cómo renombrar las cosas? / Llamar a la piedra, casa, / a la casa, puerta, / a cada puerta por tu nombre, (…) / Tal vez pudieras / renombrar las cosas / con aquello / que nos hace falta”.

Descubrimos que el otro también conjura su mundo desde la escritura. Hay un espejo de quehaceres de seres simulacro. “Cuando escribas de mí / —leemos en “Des-encuentro”— detente a observar bien cada recuerdo”. “Escribe y conserva los trozos / que de mi piel quedaron / entre tus uñas”.

En Casa de muñecas la poesía revela, deja en la hoja objetos, besos, goces, llantos, y luego la muñeca, avanza, se va. “Pretendo ser otra / para poder escribir, / dejar sentado / al otro personaje / lejos”. Renuncia a trabajos como quien renuncia a alguien: “Agradezco la oportunidad que me brindó, / mas la confianza… la confianza no”. Termina historias con finales inesperados de hombres de madera que “se estremecía al tocar mi piel. Atada con hilos (…), miraba hacia arriba, su mueca de placer”. Cuenta estrellas como quien cuenta dichas apagadas pero que aún brillan en el recuerdo. “A la quinceava le puse nombre. / (…) La número 23 / persiste en mi memoria, deforme. / La 50 la imaginé. Pensé que ya no me detendría en el borde / y como una invocación / apareció fugaz / susurrando nuestros nombres”.

La casa esta abierta. Recorrerla es la invitación. Habitarla, una tentación, un riesgo. Sus recuerdos se leen como quien toca una piel conocida, memorable, amada. Leemos sus habitaciones y palpitamos como quien palpitó alguna vez allí. Giovanna, gracias. Gracias por los versos, y por el brío de escribirlos. Gracias por Casa de muñecas, y por la complicidad que le confías a los lectores. Y gracias a todos ustedes, por acompañarnos, por la complicidad compartida y por escucharme. Buenas noches.

Erick Garay (Lima, 1997). Es narrador y difusor cultural. Ha sido columnista del diario La República desde los quince años. Finalista del Premio Copé 2024 en la modalidad de cuento, así como reconocido en diversos concursos nacionales. Ha producido el pódcast de literatura Dimensión Rasgada, proyecto ganador de los Estímulos Económicos para la Cultura 2023. Cuentos suyos han sido publicados en libros coautorales en Lima y Buenos Aires.

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